[BIO] Federico Schumacher [Chile]

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Federico Schumacher (Santiago de Chile, 1963).

Compositor de formación y elección. Investigador por elección. En 1982, plena dictadura, ingreso en la primera cohorte de la Licenciatura en Música, en la Facultad de Artes de la Universidad de Chile. Allí estudio con profesores como Cirilo Vila, Luis Merino, Carlos Botto, Rodrigo Torres, entre quienes recuerdo con especial cariño y relevancia. En 1988 obtengo el grado de Licenciado en Música. En aquellos tiempos se defendía una pequeña tesina como paso previo a la obtención del grado. En mi caso, esta trató sobre ‟El factor tecnológico en la composición musical del siglo XX”, y mi director fue Juan Amenábar. Todo en presagio.

En aquel tiempo presenté por primera vez ante público una composición, durante un concierto que organizamos varios estudiantes, y que fue presentado por Rodrigo Torres. El día anterior había ocurrido la matanza de Corpus Christi. Mientras sonaban los compases de nuestras precarias músicas, seguía llegándonos información de los nombres de los asesinados. Todo un aprendizaje.

Durante años no volví a componer sino hasta mediados de los 90: dos obras instrumentales, Tres piezas Informales, para vibráfono, clarinete y violoncelo y Ausencia de Dios, para Barítono, viola, fagot y piano. Ambas tuvieron algún reconocimiento en un Festival de Música Chilena de la Universidad de Chile, en el primer caso y en el concurso de composición del IMUC, en el segundo. Mi última pieza instrumental es de 2004, Jugar, para quinteto, que se escuchó en 2005, creo, en uno de los festivales de música contemporánea, organizados por el IMUC.

A mediados de los 90 comencé junto con Carlos Irarrazabal, mi amigo, a trabajar en su estudio en electroacústica. En 1998 obtuvimos un Fondart para la composición de La Música del Cuerpo, obra electroacústica en 4 canales, basada en sonidos corporales y que contaba con secciones improvisadas. Durante el período de composición de esa obra, celebramos la detención de Pinochet en Londres. Su vergonzoso regreso a Chile motivó en parte mi partida. Comencé a estudiar electroacústica en la Escuela Nacional de Música de Pantin con Christine Groult y la composición con Philippe Leroux en la ENM de Blanc Mesnil, en Francia. Alrededor de 2000 o 2001 formamos, en conjunto con Jose Miguel Candela, Tete Fernandez, Roque Rivas y Cecilia García-Gracia (espero no olvidar a nadie de ese núcleo inicial) la Comunidad Electroacústica de Chile. Por aquellos mismos años Candela ya había comenzado con sus Ciclos Internacionales de Música Electroacústica, que luego se transformarían en Ai-Maako.

En Francia tuve la suerte de conocer y hacer amistad con una lista demasiado larga de excelentes personas, compositores y compositoras, latinoamericanos y europeos en su mayoría. También allí descubrí lo desconocido que era para nosotros nuestra propia historia. Ello fue lo que motivó la investigación sobre la música electroacústica en Chile: rescatar y aprender de nuestra memoria. Contribuir a recomponernos como país luego de tanta muerte. Tender un puente entre lo que habíamos sido y lo que queríamos devenir. Luego, Pinochet fallecería en 2006. Una mujer sería por primera vez presidenta de nuestro país. Yo no lograba transformarme en el francés que había que ser y coqueteaba por todo mi cuerpo una promesa de primavera. Había que comenzar a volver.

En 2008 me instalé en la Escuela de Música de la Universidad Arcis donde formamos, con Tomas Thayer Morel el Laboratorio Arcis de Informática Musical. Comencé a dirigir el Ai-Maako y a preguntarme por qué escuchamos lo que escuchamos cuando escuchamos música acusmática. Busqué a quien interrogar y encontré a Leonel Yáñez Uribe, ‘comunicólogo’. A Juan Pablo Arancibia, filósofo; a mi querido Guido Lagos G. -que se nos fue en su ley-, y a Claudio Fuentes, quien entendía de Ciencias Cognitivas. Con ellos comenzamos a investigar. Vino un Fondecyt en 2013. Vino el comienzo de mi doctorado en Canadá ese mismo año. Vino el desastre de Arcis y el naufragio al año siguiente.

Las preguntas no sólo continuaron, se ampliaron, se precisaron; aparecieron pistas de posibles respuestas y algunas de las hebras de ese hilo a desmadejar se dirigían hacia la Facultad de Psicología de la UDP, donde acogieron al AcusmaLab Cear, que se ha recientemente transformado en Laboratorio de Fenomenología Corporal y Experiencia Musical. Otra hebra apareció en Belo Horizonte, Brasil, en la Universidad Federal de Minas Gerais, donde continúo con el doctorado comenzado y abortado en medio del temporal; tal y como me aconsejó mi gran amigo João Pedro Paiva Oliveira. Algunas de estas pistas han encontrado cobijo en artículos como ‟Doble articulación y ciencias cognitivas de tercera generación…”, co-escrito con Claudio Fuentes y aparecido en el Nº 39 de la revista Resonancias. Otras hebras siguen enrolladas, ocultas o no pronunciadas en quienes siguen oyendo El Espejo de Alicia, Los Náufragos de la Medusa o La Mecánica de las Cosas.

Me agrada la idea de que composición e investigación se influencien mutuamente.
Comparto la esperanza de que Artes y Ciencias puedan colaborar en el estudio de cómo (y quienes) somos.